¿Querés que inventemos una historia juntos?

El vecino nuevo, asintió dubitativo con la cabeza, no quitaba la mirada del muñeco que tenía en sus manos. A TrapJaw, esclavo de Skeletor, lo inspeccionaba con las yemas. Apretó: rígido. Fascinado recorría la colección de juguetes exhibidos en una estantería de madera. Le habían ordenado no tocar y en caso de desearlo, pedir permiso.

Vos vas a ser como ese que tenés.

No los habían presentado. Los padres del niño lo habían dejado en casa de esa gente que recién conocían. “Hacete amigo. Tenemos que acomodar la casa. Portate bien”, fueron claras las instrucciones.

Ese nuevo y potencial amigo era un niño regordete de unos 10 años, un poquito mayor que él. Era dueño de todos esos juguetes que a él sus padres jamás le comprarían.

No vas a ser el malo, pero vas a parecer el malo.

El dueño de casa tomó un Gi-Joe vestido como un alpinista. Ser alpinista, creían en ese momento, consistía en escalar montañas nevadas y buscar construcciones abandonadas con tesoros escondidos.

El vecino nuevo limpió un poco el polvo en la figura.. Se ve que su dueño no jugaba con él seguido. TrapJaw había perdido un brazo y en su lugar llevaba una parte mecánica capaz de suplantar la mano con pinzas, ganchos y un láser.

Se tiraron sobre la alfombra áspera, y enfrentaron los personajes tan cerca, cara a cara, que un adulto hubiera imaginado el beso inminente de un hombre con una máquina.

Ahora esperamos hasta que la historia comience…

Esa voz infantil y sin sentido de su nuevo amigo le producía curiosidad y ansiedad. “¿Por qué no jugar y listo?” “¿Cuánto tendría que esperar?”. A través de sus manos, quiso manipular a TrapJaw moviéndole el brazo mecánico, ahora con un garfio en vez de mano, para enfrentar al Alpinista, que estaba desarmado. En ese juego él podría ganar.

Lo sorprendió un golpe seco en la mano acompañado de una mueca colmada de enojo y furia. El dueño de casa volvió a ubicar las figuras como estaban antes: enfrentadas a punto de besarse ó el Alpinista a punto de sufrir el ataque mortal de la mandíbula mecánica de TrapJaw.

¡No hagas más nada!

El niño nuevo sintió la invasión de un escalofrío desde su espalda ascendiendo y levantando la temperatura de su cabeza. Se convirtió en nervios. Se ahogaba en saliva. Inmóvil. Quería volver a su casa, no a la nueva sino a la anterior, a su habitación, y quería estar dentro de su cama, tapado hasta la cabeza, protegido.

La casa nueva recién estaba siendo amoblada, no la sentía suya y no sería un refugio. Si tuviera que salir corriendo de la casa del vecino no sabría en cuál de las otras casas meterse, recordaba todas iguales. Pulcras y recién pintadas. Las calles también eran iguales, de tierra, y no había árboles en el barrio nuevo. Tampoco sabría como llegar a la casa anterior vacía donde se había criado.

¿Me estás escuchando?

Asintió con la cabeza y se limpió un hilo de baba que no tendría que estar ahí. Ya no debía babearse, era mayor ahora.

Cerras los ojos y esperas… y cuando volvas a abrirlos ya no vas a ser vos.

Las figuras, de pie en la alfombra, se sostenían en una especie de forcejeo. El estilizado y musculoso Alpinista lograba mantenerse parado gracias a sus brazos extendidos sosteniendo el cuello de TrapJaw. Ya no era un cuadro infantil. La máquina estaba a punto de ser estrangulada.

Cerrá los ojos te dije, sino no va a pasar nada.

El otro niño no era como él, era raro.

La habitación se percibía cada vez más pequeña, lo que en un principio fascinaba al niño nuevo, lentamente le fue incomodando.

Las paredes estaban cubiertas de pósters de superhéroes, la mirada del niño se posó en el de Batman Vuelve. El rostro del Pingüino se licuó como si la tinta en la impresión hubiera vuelto a estar fresca. Desparramando texturas y objetos fundidos, la habitación se apagó.

Oscura...

 

Era como si tuviera los ojos cerrados y los presionara con sus manos. Pero estaban abiertos. Ninguna palabra escapaba de su boca y tampoco percibía sonido alguno.

Hasta ese crack y el dolor abominable que vino después.

La mandíbula del niño se fracturó en fracción de segundos. El sabor a hueso molido generó el mismo terror que una visita al dentista. Sus brazos y manos no respondían. Quería agarrarse la cara y presionar creyendo poder aminorar el dolor. La boca se inundó de sangre y el sabor a hierro lo empalagó. No lloraba. No gritaba. No podía desahogarse.

Huesos y dientes astillados y fraccionados decidieron configurarse internamente reconstruyendo otra mandíbula. El niño no entendía qué estaba pasando en su boca. ¿Eran insectos migrando de un lado al otro? Y el dolor inimaginable lo llevaba a perder el conocimiento. Borboteaba sangre aguada.

Crack.

 

Ahora estás igual... sos TrapJaw.

Dijo el dueño de casa al vecinito muerto con mandíbula de hierro.

 

 

TrapJaw forma parte de la publicación: ISAÍAS 26:20

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* (11/02/81), Jujeño. Diseñador gráfico, docente, escritor, Ed. Ben Proyect (2013). Participó en diversas publicaciones y eventos desde la escritura, el diseño y la performance. Sus cuentos: “Timer” y “Pombero y Yo”, han sido llevados al cortometraje y al teatro. Ha publicado: “Autopsia de un Delito”, “Los Fabricantes de Muerte”, “Qi”, “Cataplexia”, “SeDE”, “4 para el queso”, “Calabozos y Dragqueens”, “Isaías 26:20”. Produce y conduce el programa radial: “Cuarto Oscuro”, diverso, rocker, alernativo.