A Leopoldo Castilla

 

 

Casabindo de los toros

para agosto se engalana,

enflora su sola calle

con sólo una flor lozana

porque no tiene arvejillas

Casabindo ni retamas;

la Virgen de la Asunción

es la única flor que cuaja

y el pueblo quiere lucirla

en el ojal de la plaza.

Todos los quince de agosto

florece una rosa blanca

(brote injertado de amor

que prendió en la Pachamama).

Casabindo de los toros,

fiesta dulce, historia amarga.

Todos los quince de agosto

a la Virgen agasaja

y recuerda a Tabarcachi

que Quipildor se llamaba

o Pantaleón en la lengua

de curas, no de curacas

porque teniendo diez años

con los primeros estaba.

Su padre, que era el cacique,

de pequeño allí lo enviaba

a que tomara la ciencia

de las Escrituras Santas.

Y allí pasó Pantaleón

muchos años de su infancia.

Al cabo, volvió a su tierra

y lo que ve no le agrada

pues los hombres de su pueblo

ya no cultivan, trabajan

los socavones del oro

que presto parte hacia España.

Y lo desborda la furia

y la cólera ya manda

y ya denuncia y ya increpa

y lo acusan y demandan

y Quipildor Tabarcachi

es sentenciado a la plaza

a expiar con los toros bravos

su osadía y pertinacia.

Justo en un quince de agosto,

día de la Virgen Santa,

Quipildor está parado

en el medio de la plaza;

no lleva traje de luces,

no trae capa ni espada;

su montera es una vincha

con soles de plata plata,

ha decidido morir

con los signos de su raza.

Un pérfido mayoral

no soporta tal templanza

y pide que cuatro mozos

acudan a su ordenanza:

le quita vinchas y monedas,

corona al toro con ambas,

deja desnudo al valiente

cree que sin esperanza—

mas con el último aliento

avanza el torero, avanza,

enfrenta a la bestia negra,

que lo mide y no lo ataca

sino que humilla los cuernos

y los detiene a una cuarta

de la mano que se acerca

firme, valiente y pausada

a rescatar decidida

el cetro de entre las astas.

Luego llega hasta la Virgen

que han entronado en la plaza

y se aclaraba la voz

para dejar su plegaria.

Así reza Quipildor,

así dicen que rezaba:

Señora de la Asunción,

Virgen de Copacabana,

Patrona de las Canchillas,

Madre y Reina soberana,

a vos te ofrezco estos dones:

vincha, monedas de plata

y humilde vuelvo a tu amor

porque me has salvado el alma”.

Deja a los pies de la imagen

la dote recuperada

y mira a su Salvadora

como se mira a una santa.

La furia del caporal

jamás debió de olvidarla—

aguija un toro astifino

de pitones como espadas

que se alza en carrera loca,

(viaja la muerte en las guampas)

lleno de ardor y bravura,

cruza furioso la plaza

y moja sus dos puñales

en la espalda arrodillada.

Casabindo de los toros,

fiesta dulce, historia amarga

que cada quince de agosto

evoca, ¡y no lo evocará!

a Quipildor Tabarcachi,

el torero sin espada,

el que con capa de rezos

y con pases de plegarias

por mirar la luz de frente

no vio la sombra a su espalda.

 

Fuente: Quiroga, S. y Undiano, M. (2013) Letras en Jujuy: Antología siglo XX.

Jujuy: Ahora o Nunca Jujuy.