No fueron los terremotos, ni los sunamis, ni la lluvia ácida lo que alertó a loa antiguos fueron los perros de Chernóbil.

Después del desastre de los generadores de electricidad atómicos que explotaron, se ocuparon de la gente, pero jamás se ocuparon de los animales, sobre todo de los animales de compañía que quedaron abandonados y librados a su suerte.

Pasaron los años y un grupo de científicos, que formaron un equipo compuesto por investigadores de varias nacionalidades (recordemos que en esa época habían distintos países), decidieron estudiar a las jaurías de perros salvajes, que se habían congregado por necesidad después de la explosión y teniendo en cuenta que habían pasado cuarenta años consideraron que ya había varias generaciones de perros que se habían concebido, gestado y

crecido en medio de un ambiente radioactivo, en el que supuestamente no podía existir un ser vivo.

No solo que no murieron, sino que se adaptaron y se independizaron del cuidado humano logrando una saludable existencia independiente.

Primero se tuvieron que hacer amigos de los perros ya que al haber recuperado su vida independiente consideraban a los humanos como enemigos (y tenían razón).

Sin embargo, con su grandeza de espíritu habitual y su cortesía accedieron a tener vínculos con tres o cuatro investigadores y además les permitieron realizarles estudios y hasta les permitieron sacarles sangre para analizarla.

Morfológicamente había cambios importantes, sobre todo en el cráneo, los cuerpos eran muy similares a los antiguos perros, solo que todos eran más grandes.

Pero al estudiar la genética de los perros se dieron cuenta que ésta había cambiado, ya no era la genética de los canis canis ni de los canis lupus el pariente lobo de los perros.

Tenía mucho de parecido, pero no era igual. Había combinaciones nuevas y distintas. Su ADN era mas similar pero distinto, al del lobo terrible que al del canis lupus o canis canis.

Eran astutos, inteligentes, enormes, fuertes, con una dentadura distinta y molares capaces de quebrar huesos y convertirlos en polvo, ojos achinados y mirada penetrante.

Se fueron acercando y mostrando docilidad y al tiempo comenzaron a acompañar a los científicos a los poblados humanos, enjaulados, lo que les provocaba un visible disgusto, y así comenzaron a conocer las costumbres humanas, recibieron alimento sin cazar, durmieron en condiciones óptimas sin cavar cuevas y se dieron cuenta que los humanos se habían convertido en una especie inútil, inútil para vivir en condiciones naturales y adversas, que sin

la tecnología de la que hacían gala no eran nada, habían perdido la visión nocturna, el olfato y el gusto, y sobre todo el oído, al que habían dañado irremediablemente con esos aparatos que se colocaban todo el tiempo para escuchar música.

En suma, eran una presa fácil.

La gente no tardó en aceptar relativamente a los perros de Chernóbil, siempre que estuvieran

con correas y a cargo de algún investigador, pero nunca se produjo un acto violento por parte de los animales.

 

Ganaron la confianza de los humanos, y una noche empezaron a aullar.

Decían “debe ser porque hay luna llena”, efectivamente, la claridad de la luna daba al paisaje un efecto irreal, fantasmagórico, y ahí comenzaron a ver las siluetas de los otros perros acercándose al galope a los poblados y pasando como una máquina de muerte dejando todo regado de sangre, de huesos molidos y haciendo desaparecer a los humanos de la zona.

Eso si, parecía que a propósito se paraban delante de las cámaras de seguridad a realizar su sangrienta venganza.

Después desaparecieron, no pudieron encontrarlos para perpetrar la venganza humana que siempre ocurría.

Ese fue en verdad el aviso de que los antiguos estaban condenados a muerte.