Rodolfo Kusch, nacido un 25 junio, fue de esos pensadores que no se quedaron mirando el país desde un escritorio. Salió de la academia, fue al norte, escuchó al pueblo real y entendió algo que todavía cuesta aceptar: no se puede pensar América copiando categorías europeas como si nuestra historia, nuestra tierra y nuestra gente no existieran. Kusch pensó desde el barro, desde el altiplano, desde la religiosidad popular y desde la vida concreta de los pueblos. Por eso incomoda. Porque obliga a preguntarse si la filosofía sirve para repetir autores importados o para entender el suelo que pisamos. Para Kusch, el pueblo no era un número, una consigna ni una masa electoral. El pueblo era cultura, memoria, fe, comunidad, mito, arraigo y forma de estar en el mundo. No se lo entiende desde arriba ni bajando línea: se lo entiende escuchando sus símbolos, sus silencios, sus miedos, su esperanza y su manera de resistir. Su idea del “estar-siendo” va por ahí: antes que un individuo abstracto, hay un hombre situado en una tierra, en una historia y en una comunidad. América no es una Europa atrasada. Tiene una sabiduría propia, muchas veces negada o tratada como barbarie. Por eso Kusch se acerca al peronismo desde la comprensión del pueblo. Los procesos populares no nacen de laboratorios ideológicos: nacen de culturas vivas. Una comunidad no piensa solamente con conceptos. También piensa con ritos, creencias, dolores, costumbres y formas de lucha. Kusch sigue siendo necesario porque todavía discutimos lo mismo: si vamos a pensar desde nuestro suelo o si vamos a seguir pidiendo permiso intelectual afuera. Rodolfo Kusch entendió que no hay liberación nacional sin pensamiento situado. Y que un país que no piensa desde su pueblo termina pensando contra sí mismo.