Cuando volví del tiempo sin memoria,
el aire estaba gris como ceniza.
Ni siquiera una mancha había en la tarde.
¿Por qué mayo no tiene golondrinas?

Venía buscando un nombre adolescente.
¡Peregrino incansable de la vida!
Volvía mendigo con las manos abiertas
a pedirle otra vez una sonrisa.

Y la busqué en la playa y en las calles,
en el río, los huertos y las quintas,
en la voz del otoño amarillento
y en las viejas paredes destruidas.

Después la fui buscando por los surcos,
por los granos dorados de la espiga,
por los frutos del sol recién cortados,
por las hembras, los hombres y las niñas.

Y nadie sabe nada, y hay silencio,
un vacío silencio con aristas
en la punta impalpable del espacio
y en el vértice gris de las esquinas.

Y sigo con mis pasos inmutables
por un rayo de luz, camino arriba,
a donde entre cruces desclavadas
las tumbas de los muertos aún respiran.
Y allí están… su nombre y su memoria
y estoy yo y mi sombra envejecida.
¿Qué plegaria podrían decir mis labios
si yo vine a pedirle una sonrisa? …

Mi sombra se alargó como la tarde
y el cielo no era azul sino ceniza.