Martín Pedetti
La hipocresía también se disfraza de inclusión
Durante años, una parte de la sociedad jujeña se dedicó a deslegitimar a cada candidata rubia, de tez clara o con rasgos europeos que obtenía un lugar importante en la Elección Provincial de los Estudiantes. La frase era siempre la misma: “No representa a la mujer jujeña”.
Ahora, distintas encuestas realizadas por medios de comunicación colocan como favorita a una joven de padres africanos y, repentinamente, muchos de aquellos guardianes de la identidad provincial parecen haber olvidado todos sus argumentos sobre la representación.
Aclaremos algo antes de que aparezca la policía de la corrección política: esto no constituye un ataque contra la candidata. La joven no tiene responsabilidad alguna por la utilización ideológica que otros puedan hacer de su origen. Tiene exactamente el mismo derecho que las demás a participar, competir y ganar si demuestra los méritos necesarios.
Lo que se cuestiona es la obscena doble vara de una sociedad que durante años consideró insuficientemente jujeñas a las chicas de ascendencia europea, pese a que esas familias forman parte real, visible e histórica de nuestra provincia, pero ahora pretende presentar como representación indiscutible de la jujeñidad una ascendencia cuya presencia en Jujuy es extraordinariamente minoritaria.
¿En qué quedamos? Si el criterio es representar la composición étnica mayoritaria de la provincia, entonces resulta absurdo sostener que una candidata afrodescendiente es más representativa que las jóvenes rubias a las que se cuestionó durante tantos años. Y si el origen étnico no importa, entonces nunca debió utilizarse contra esas candidatas.
No se puede reclamar parecido demográfico cuando gana una “gringuita” y luego abandonar ese criterio cuando aparece una candidata que permite exhibir una supuesta superioridad moral. Eso no es diversidad: es oportunismo. Es dejarse seducir por lo exótico y votar para demostrar ante los demás lo inclusivo y moderno que uno cree ser.
Existe un progresismo superficial que necesita dividir permanentemente a las personas por su color de piel. Cuando ve una candidata rubia, supone privilegio y falta de representatividad. Cuando ve una candidata perteneciente a una minoría, presume automáticamente que su elección sería un acto de justicia. En ambos casos reduce a la mujer a su apariencia y reemplaza la evaluación de sus cualidades por una clasificación racial.
La Elección Provincial no debería convertirse en una competencia para determinar quién posee la ascendencia políticamente más conveniente. Las candidatas tendrían que ser evaluadas por su desempeño, presencia, desenvoltura, elegancia y capacidad para representar dignamente a Jujuy. No por la culpa histórica que algunos pretendan inventar ni por la oportunidad de conseguir aplausos fáciles en las redes sociales.
Además, una encuesta digital no representa necesariamente la opinión profunda de todo el pueblo jujeño. Mide popularidad, exposición mediática y capacidad de movilización en internet. Incluso puede revelar que parte del público está votando más por la novedad que por una valoración seria de las candidatas.
La candidata afrodescendiente puede ser jujeña y tiene pleno derecho a representar a la provincia. Pero su origen no la vuelve automáticamente más representativa, más auténtica ni más merecedora que las demás. Convertirla en ganadora moral por el color de su piel sería tan prejuicioso como descartarla por esa misma razón.
La verdadera igualdad consiste en dejar de contar pigmentos y comenzar a juzgar méritos. Todo lo demás es corrección política, pose para las redes y una enorme cuota de hipocresía.